Juan Carlos Rodríguez Acosta, Profesor Titular de la
Escuela T. Superior de Arquitectura
El envejecimiento de los edificios, al igual que todo, incluso el ser humano,
es algo que está fuera de discusión. El paso del tiempo tiene efectos
revalorizadores en muchas obras del ser humano, pero, desde luego, no en todas.
Las obras de arte en general, con el paso del tiempo, se van revalorizando, no
obstante, necesitan un adecuado mantenimiento para su conservación, e incluso,
muchas de las veces, intervenciones de expertos para su restauración, a fin de
preservarlas para las generaciones venideras. Es nuestra obligación disfrutar y
transmitir lo mucho y bueno que nos han legado las culturas que nos han
precedido.
La arquitectura es una de las realizaciones más expuestas al deterioro. Las
catástrofes naturales, la climatología, la polución y, sobre todo, el ser
humano, son, entre otros, una amenaza constante del deterioro e incluso de su
destrucción. Nuestro Centro Histórico es ejemplo palpable de cuanto afirmamos.
El Teatro Pérez Galdós lleva demasiado tiempo cerrado, y su deterioro va
aumentando día a día. La desidia o la aplicación rigurosa de una normativa la
mayor de las veces poco racional, carente de criterios científicos y, no pocas
de las veces, copiadas de otros entornos, nos ha conducido a la deplorable
situación actual. La rehabilitación, ampliación y utilidad son pilares básicos
para el futuro de nuestro Teatro. No debemos, o al menos eso pienso, conservar
por conservar a pesar de todo; si no conseguimos armonizar la protección con la
utilidad funcional, entraríamos inexorablemente en un incremento del proceso
de deterioro.
Corría el año 1988 cuando a mi querido amigo, humanista e insigne profesor de
la Escuela de Arquitectura Sergio T. Pérez Parrilla, desgraciadamente
desaparecido, le encargan la intervención en nuestro primer Coliseo, a fin de
que el edificio cumpliera mínimamente con las medidas de seguridad y
evacuación, así como dignificar el foso de la orquesta, los camerinos y
vestuarios, fundamentalmente.
La visita a Las Palmas de Gran Canaria de uno de los mejores especialistas
europeos en acústica de teatros, el Sr. Kramer, ya fallecido, con motivo del
estudio acústico del Auditorio que sería construido en la Puntilla de la playa
de Las Canteras, ofrece la oportunidad a Sergio T. de invitarle a visitar el
Teatro con el fin de exponerle el encargo que en esos momentos estaba
realizando. Después de un minucioso recorrido por el recinto, acompañados de la
inolvidable Sylvia Perdomo, que además de su gran afición y conocimientos
musicales, realizó el papel de intérprete por su dominio del alemán.
El maestro sentencia: la acústica es sencillamente magnífica, las butacas
estropeadas deben ser reparadas tanto en su estructura de madera como el cuero
y todas ellas debidamente ajustadas a fin de evitar ruidos indeseables. No se
te ocurra cambiarlas. Si deberías colocar butacas similares en Paraíso y
General, pues el graderío existente es tercermundista. Sergio T. escuchó del
Sr. Kramer lo que todos ya sabíamos y, naturalmente, así actuó en relación al
interior de la sala.
Criticada fue su actuación en el exterior, en relación con los dos módulos que
aparecen retranqueados en la fachada principal. Lo que ignoraban sus críticos
era que obedecían a las obligatorias escaleras de evacuación, ubicadas
precisamente en el mejor sitio posible y en el menos impactante.
El Teatro necesita urgentemente su rehabilitación y ampliación, no puede
esperar más. Cada día que pasa se acelera su deterioro y, por qué no decirlo,
su muerte. Es patrimonio de todos, y unos más que otros responsables de ello.
No conozco en profundidad el proyecto del compañero José Luis Rodríguez-Noriega
Vizcaíno, que ganó el concurso de rehabilitación. A grandes rasgos su
intervención se centra desde la boca del escenario hacia atrás, ampliando sus
actuales límites. A nivel conceptual mi opinión es favorable, pues, parece ser,
no se interviene en la sala, lo que garantiza la actual acústica, y su
ampliación huye de mimetismos y reproducciones de lo existente. Esto es digno
de destacar.
Ya está bien de reproducir arquitecturas de otras épocas, de conservar primeras
crujías, de mantener fachadas y en el interior todo vale. No nos engañemos a
nosotros mismos ni a nuestra juventud, a los que nos visitan , a las futuras
generaciones, en definitiva, no desvirtuemos la Historia.
No sigamos destruyendo nuestro, cada día, más escaso patrimonio, imponiendo
cánones estéticos de épocas pasadas. Aplicando las actuales normativas de
Patrimonio Histórico en épocas pretéritas, no tendríamos, por ejemplo el
diálogo arquitectónico entre la ermita de San Telmo, el Gobierno Militar, el
Quiosco Norte, el de la Prensa y el edificio del actual Hotel Parque.
Parecería que es eso precisamente lo que no se persigue, pues bien, que lo
expresen claramente. Mientras tanto nuestro Teatro agoniza al igual que nuestro
Centro Histórico. Si lo siguen haciendo, lo van a conseguir, quedándonos con un
casco antiguo de fachadismo de cartón piedra a modo de decorado urbano. ¡Qué
triste!