Jorge Estalella, gerente de la Fundación Universitaria de Las Palmas
La inversión en investigación es uno de los indicadores clave que nos permiten conocer en qué nivel de desarrollo se encuentra un país o una región. Es axioma que para tener éxito hay que estar en niveles de innovación muy altos. Su importancia, pues, no es discutida, pero sí su rentabilidad. Y quizás por eso no hemos sabido, hasta ahora, trasladar un mensaje adecuado al empresariado canario para convencerle de que invertir en investigación es crear valor para nuestra Comunidad.
El Archipiélago sufre de lo que se ha venido en llamar el monocultivo de la economía. La búsqueda de rendimientos económicos rápidos, altos y seguros ha llevado a los empresarios isleños a seguir confiando en los sectores que tradicionalmente han hecho que el mercado canario creciera: el turismo y la construcción. Y es ahí en donde se ha invertido y se sigue invirtiendo la Reserva de Inversiones (RIC).
Precisamente en fechas recientes hemos escuchado algunas iniciativas sobre la aplicación o materialización de la Reserva, pues no se esconde a nadie que la moratoria y el gran volumen de fondos existentes por invertir está causando quebraderos de cabeza a muchos e importantes empresarios. Una de estas ideas ha sido la de trasladar parte de la Reserva a África.
Esta iniciativa se asienta en el argumento de que si ayudamos a crear una zona de prosperidad alrededor de Canarias, además de ampliar el mercado, ayudaría a desarrollar económica y socialmente a los países vecinos creando una franja territorial de prosperidad, que entre uno de los efectos positivos sería ayudar a remitir los flujos migratorios ilegales procedentes del África subsahariana.
Pero recordemos que ni Canarias ni España pueden decidir, por sí mismas, abrir otras vías de inversión para la Reserva, pues es una prerrogativa que en última instancia requiere el ‘placet’ de nuestros socios europeos.
En este debate, el apoyo a otros sectores estratégicos, o que pueden llegar a serlo, ha quedado en un segundo plano, y esto, en un mundo cada vez más globalizado, implica relegar al empresario canario de los foros de decisión. Podemos, y ahí está el gran reto que se le plantea a nuestro empresariado, hacer una elección, continuar siendo un mercado monocultivo o explorar otros sectores aprovechando los usos alternativos de la RIC, lo que significa encauzar hacia dónde queremos el desarrollo de Canarias. Es tarea del Gobierno y demás agentes sociales y, especialmente, los empresariales, los que deberán fomentar aquellos sectores que puedan ser considerados estratégicos para nuestra comunidad.
Volviendo al comienzo, y analizando someramente algunos datos podemos comprobar cual es el nivel de inversión en I+D en Canarias, los números no dejan lugar a dudas, el 0,49 % del PIB regional nos coloca a la cola de las comunidades españolas con una inversión que supone la mitad de la media nacional. Si a esto le añadimos que España se encuentra a la cola de los países de la Unión, y que además, en números relativos, la aportación privada para este fin es todavía más baja, todo ello nos hace ver que tenemos que mejorar mucho.
El esfuerzo de realizar una inversión en el marco de la innovación científica y tecnológica produce múltiples beneficios: crecimiento económico e industrial, generación de empleo, consolidación de las estructuras de formación de potencial humano especializado, y por supuesto, competitividad.
El mercado canario en el ámbito de la industria tiene elementos ciertamente proteccionistas. Se trata de un hecho lógico debido a la situación geográfica del Archipiélago, pero también es cierto que existe un elemento negativo colateral, ya que cuando existe protección en una economía cada vez más globalizada se corre el riesgo de perder competitividad. Una forma de fomentarla, en definitiva, de garantizar su supervivencia a largo plazo, es estimular su inversión en investigación, desarrollo e innovación tecnológica, según los perfiles de cada una de ellas.
Es cierto que a las pequeñas empresas les supone un mayor esfuerzo invertir en investigación, pero tienen la posibilidad de asociarse con otras empresas y cooperar con los organismos públicos para lograr nuevos productos, nuevos servicios y nuevos procesos que les permita mejorar sus capacidades.
La unión entre empresarios y socios tecnológicos, como la Universidad, permite crear una alianza de múltiples beneficios. Este apoyo se puede traducir en la mejora de potencialidades de las empresas, entre las que se encuentra la posibilidad de que las mismas puedan salir al exterior y acudan a convocatorias como una manera de introducirse en nuevos mercados. Se trata de visualizar otra manera de innovar, todo esto apoyado por la RIC en la que se pueden materializar los gastos en I+D, gastos en innovación tecnológica o gastos del establecimiento de las empresas en otros lugares.
Invertir en investigación nos permite acudir a los mercados en las mismas condiciones que otras empresas europeas, porque ya no nos sirve aquello de “que inventen ellos”. Ellos, somos nosotros, o al menos, lo queremos ser.