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Nº23
Julio 2005
El BAZAR DE LOS ANUNCIOS
Opinamos sobre
Una casa pequeña pero para cada uno

Sagrario Martínez Berriel (PTU). Departamento de Psicología y Sociología. ULPGC

Desde que las nuevas tecnologías acortaron las distancias y el tiempo requerido para abarcarlas, el capitalismo se ha hecho flexible; la producción en serie ha sido sustituida por la producción personalizada y “lo pequeño es hermoso”. El espacio se ha convertido a su vez en un bien escaso y en un valor en alza, salvo donde no llegan las comunicaciones. Todos los bienes de consumo han reducido su dimensión y su durabilidad. La vivienda ha permanecido, relativamente fuera de esta dinámica de “usar y tirar” porque socialmente ha sido considerada como un lugar significado por su enorme carga cultural y afectiva. Pero todo llega….

La vivienda como el alimento es una necesidad indiscutible y como tal ha sido considerada un derecho inalienable desde el punto de vista de la democracia; pero como casi todo en este mundo su significado no se limita a la necesidad y a la utilidad sino a su carácter simbólico.¡Dime donde vives y te diré quien eres!. Desde este punto de vista sus significados son inagotables y por supuesto diversos según el referente cultural e histórico que adoptemos. La casa es la primera extensión del útero materno, ha sido un lugar sagrado y un cauce esencial de transmisión de la familia y de la tradición. Para muchos es el espacio principal en que se define la identidad, y lo es hasta tal punto que para pagar la casa viven hipotecados la mayor parte de su vida; para otros, es un lugar inalcanzable o simplemente inexistente. Desde nuestra perspectiva cultural, la independencia de toda persona empieza por tener un espacio propio. Sin casa o habitación propia se adolece de ciudadanía.

En el siglo XIX la vivienda fue “la cuestión social” por excelencia; había que alojar en las emergentes ciudades industriales a miles de personas desarraigadas que se agolpaban a sus puertas en condiciones terribles de salubridad y creando un clima intolerable de conflictividad social. La precariedad y el crónico déficit de viviendas obligaron al Estado y a los empresarios a ocuparse directamente de este enorme problema social

En el siglo XXI, la vivienda sigue siendo uno de los grandes problemas sociales en todo el mundo, incluidos los países más desarrollados, especialmente por dos razones: Una por el auge del individualismo (la soledad ha dejado de considerarse el resultado del fracaso en las relaciones familiares para convertirse en una decisión frecuente y libremente adoptada). Dos, por la desatada movilidad que genera la globalización y el renovado impulso de la urbanización a escala mundial. Los sin casa son legión: unos por caer en la indigencia, otros por carecer de recursos necesarios para independizarse, y otros porque han cambiado de país o de compañía en el transcurso de sus vidas y ya no les sirve el espacio que habitaban.

Las viviendas son inmóviles, en cambio la vida de la gente está sometida en modo creciente a continuos cambios (afectivos, laborales, etc.) que impiden permanecer en una misma residencia. La escasez de viviendas asequibles para la población insolvente, el desmesurado -cuando no fraudulento- negocio del sector inmobiliario, y la inadecuación del mercado a las complejas y variables necesidades sociales son una fuente inagotable de malestar social. Las personas están obligadas a vivir juntas contra su voluntad, más allá de lo que incluso psíquicamente son capaces de soportar. Podríamos citar numerosos ejemplos de grupos sociales abocados a la convivencia forzosa: inmigrantes, estudiantes, parejas divorciadas, etc. En España, los jóvenes, se ven obligados a vivir con sus padres hasta edades muy tardías. Nada menos que el 62% de la población entre 25 y 29 años permanece en el domicilio familiar.

Como solución a los problemas de la vivienda, los arquitectos proponen buscar el rendimiento máximo del espacio, flexibilizar la normativa que regula los estándares de habitabilidad y crear una tipología variada según las necesidades de los grupos sociales. Entre las opciones que se barajan actualmente en España destaca la propuesta de crear pisos de protección oficial de 30 metros cuadrados, lo cual ha suscitado un controvertido debate: Sus detractores alegan hacinamiento y marginación mientras sus defensores ven numerosas ventajas para ofrecer dignidad a los que no pueden acceder al mercado de la vivienda. Sin duda, la flexibilidad es la opción más acertada para satisfacer las necesidades de movilidad y diversidad de la población. Pero también es un sueño tecnológico y como tal una solución limitada si tenemos en cuenta la compleja condición humana. Reducir el tamaño de las viviendas puede favorecer la sociabilidad de las personas al externalizar del hogar muchas de sus funciones, pero en sentido inverso puede significar el empobrecimiento de nuestra vida a base de privatizarla en grados extremos y de utilizar como única escapatoria el espacio virtual.

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