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Nº8
Marzo 2004
El BAZAR DE LOS ANUNCIOS
Opinamos sobre
LAS ENERGÍAS ALTERNATIVAS

Roque Calero Pérez, Catedrático de Ingeniería de la ULPGC

Aunque no seamos muy conscientes de ello, hablar de energía es hablar de vida, tanto en cantidad como en calidad. La habitabilidad de una ciudad como Estocolmo solo es posible si se le suministra cada día una ingente cantidad de energía, y el transporte de un turista en avión desde esa ciudad hasta un aeropuerto canario supone un consumo de petróleo superior a los 250 litros.

A nivel mundial, el consumo de petróleo es de 25.000 millones de barriles cada año, o 69 millones de barriles cada día (un barril son 158,9 litros). En España, el consumo es de 470 millones de barriles al año, (1,4 millones de barriles cada día), lo que supone un consumo de 11,75 barriles por habitante y año.

Si este ingente consumo de petróleo se compara con las reservas comprobadas (reacuérdese que reservas son las disponibilidades listas para ser extraídas, mientras que los recursos son las cantidades que se supone existentes pero que en la actualidad no es posible su extracción), la duración de estas reservas se estima en 41 años al ritmo de consumo actual (mientras que las de gas se estima en 60 años).

Las mayores reservas del planeta (y prácticamente iguales a los recursos) se encuentran en Arabia Saudita, con 262.697 millones de barriles. Si el mundo se suministrase solo de estos campos, su agotamiento se produciría en 10,4 años. Las reservas del segundo país, Irak (112.500 millones de barriles), durarían 4,46 años, mientras que las reservas de Venezuela, con 77.685 millones de barriles, solo alcanzarían 1,5 años y las de Argelia, 160 días.

Es mas, si el planeta en su conjunto se desarrollase al mismo nivel que la media de la Unión Europea, las reservas de petróleo se agotarían en solo 17 años.
Ante este panorama, ¿Cuál será la energía, o mejor, el modelo energético del futuro? A grandes rasgos, existen dos tendencias, dos modelos posibles: los denominados modelos duro y blando.

El primero potencia la alternativa nuclear (también con serios límites en cuanto a recursos) y el carbón como fuentes principales de suministro energético, y su conversión en electricidad (como vector energético), lo que supone la concentración de la producción en grandes centrales y la implantación de grandes redes de transporte y distribución, con la consiguiente dependencia tecnológica de la mayoría de las naciones de unos pocos fabricantes.

En esta alternativa, el ahorro energético no va a ser una prioridad, y los costes de la energía serán impuestos por las empresas productoras. En control de los impactos medioambientales no queda garantizado, y en todo caso, estos serán derivados al consumidor final. Obviamente, las energías renovables no serán una prioridad en esta opción.

El segundo modelo se basa sobre tres acciones simultáneas: La mejora de la eficiencia de los sistemas convencionales, el ahorro energético al máximo posible y el uso intensivo de las energías renovables (de todas ellas).

En este modelo, la generación de energía eléctrica se establece casi a nivel de usuario, con la consiguiente reducción de la dependencia de sofisticadas tecnologías y de grandes empresas productoras.

En este modelo se potencia el hidrógeno como vector energético y se consigue una drástica disminución de la contaminación.

Sin embargo, ambos modelos tienen sus debilidades y sus fortalezas:

  • En el modelo duro, sus debilidades se centran en el cambio climático que produce y el agotamiento de los recursos, lo que significa su práctica inviabilidad a largo plazo. Sus fortalezas, por el contrario, se encuentran en la imposibilidad de ser cambiado a corto y medio plazo.
  • El modelo blando centra sus fortalezas es que su capacidad de extenderse con cierta facilidad por todo el planeta, sin afectar negativamente a las economías de los actuales países desarrollados, su nulo o muy bajo impacto ambiental, y en ser el único posible a largo plazo. Por el contrario sus debilidades se encuentran en la lentitud de su implantación (especialmente en los países más desarrollados), y la necesidad de una autentica revolución económica y social (que incluye cambios en algunos de los actuales modos de vida).

Posiblemente, el modelo energético a medio y largo plazo se caracterizará por un paso paulatino (a veces traumático) de la opción dura a la blanda, con una creciente implantación de sistemas de energías renovables (con la posible utilización de la energía solar orbital, la cual sería una alternativa técnica y empresarialmente dura, pero blanda en cuanto a su durabilidad y bajo impacto ambiental), el incremento del hidrógeno (obtenido a partir de energías renovables) como vector energético, y una auténtica obsesión por el incremento del ahorro y la mejora de la eficiencia de las conversiones energéticas.

De los diferentes modelos energéticos desarrollados, el de WEC (World Energy Council) predice un 27% de energías renovables en 2020 (en el escenario más favorable), el de SHELL predice entre el 47% y el 50% para el 2060 y el de Green Peace supone un 100% en el año 2100.

Dada la relación directa entre energía disponible y calidad y cantidad de vida, es de suponer que la situación actual no podrá ser sostenida por mucho mas tiempo: ni los países ricos van a disponer de energía abundante y barata como hasta ahora, ni los países pobre van a soportar indefinidamente su situación de penuria (especialmente los emergentes, como China, India, Brasil, etc.). La consecuencias, si no se actúa adecuadamente, serán tensiones, crisis y conflictos crecientes (que afectaran mas fuertemente a los países desarrollados), y un incremento insostenible del impacto medioambiental y el cambio climático.

Si tradicionalmente los “saltos” en la evolución de la humanidad han venida de la mano primero del uso de la madera ( el fuego), luego del carbón (primera revolución industrial), luego del petróleo y el uranio (segunda revolución industrial), las incertidumbres actuales (salvo la posibilidad, aún remota, de la energía de fusión) puede llevar a una auténtica “involución”, es decir, a una merma de la calidad y cantidad de vida a nivel planetario, acorde con las disponibilidades energéticas existentes. Las soluciones, como se ve, son posibles, pero el tiempo corre en contra de que la humanidad no se vea abocada a un periodo traumático en su desarrollo sostenible.

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