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Nº4
Noviembre 2003
El BAZAR DE LOS ANUNCIOS
Opinamos sobre
Oriente-Occidente: Los distintos escenarios de un conflicto

Javier Ponce Marrero Profesor de Historia Contemporánea de la ULPGC

Hablar de Oriente y Occidente es hablar de dos conceptos que significan lo contrario, lo opuesto. Esta oposición se ha convertido desde los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en un tema de frecuente análisis –no siempre serio ni profundo, desde luego— en los círculos políticos occidentales. La más reciente guerra de Irak ha puesto, por el momento, el colofón de esa conflictividad a la que algunos líderes políticos parecen condenar las relaciones Oriente-Occidente. Pero aún mas, todos los acontecimientos en torno a la guerra en Irak han avivado el fuego en el que ardían otros muchos conflictos latentes en el terreno internacional. Cualquier agenda de problemas mundiales a resolver que menosprecie estos conflictos estará alejándose de las condiciones idóneas para restablecer y reconducir las relaciones Oriente-Occidente sobre las bases del entendimiento y el consenso. Veamos, pues, cuáles son algunos de esos conflictos:

La guerra de Irak ha puesto en entredicho la solidaridad trasatlántica en la que se han basado las relaciones entre Estados Unidos y Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Aunque desde España resultó más difícil percibir esa solidaridad a la que fue ajena la dictadura franquista, lo cierto es que, acabada la guerra, los Estados Unidos impulsaron un vasto movimiento de cooperación sin el cual la amenazada viabilidad del sistema capitalista en una Europa occidental desmantelada tras la guerra habría corrido serios riesgos frente a la socialización económica impulsada por Stalin desde el Este. Fue, por tanto, la Guerra Fría el cada vez menos disimulado trasfondo sobre el que se edificó esa solidaridad. Sin embargo, el entorno internacional cambió radicalmente con la caída del muro de Berlín en 1989, aunque sus repercusiones sólo se manifestaron de forma gradual hasta los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, que arrojaron luz sobre la evolución seguida por la relación entre Europa y Estados Unidos durante la última década como consecuencia de un entorno transformado.

Y, finalmente, la guerra de Irak ha despejado muchas de las dudas que aún conservaban los más idealistas sobre la naturaleza del nuevo orden internacional: el fin de la Guerra Fría supuso para los Estados Unidos su ascenso a la categoría de omnipotencia económica y militar sin competencia, con unos recursos muy superiores a los que dispusieron otros imperios a lo largo de la historia; por el contrario, el final de la Guerra Fría disminuyó la centralidad de Europa para Estados Unidos debido a la desaparición de la amenaza existencial, la decreciente importancia estratégica del teatro europeo, junto al creciente interés de Estados Unidos por otros espacios estratégicos vinculados al control de los recursos económicos más escasos, poseídos en gran parte por países integrados en esa vaga entidad que denominamos “Oriente”.

Todo ello ha ensanchado la brecha existente entre las percepciones y objetivos de Estados Unidos y Europa, como demostró de manera palmaria la crisis de Irak, que dividió, y esto es la más grave, a europeos y estadounidenses a propósito de los métodos a emplear en el escenario internacional. Algunos han podido ver en ello las semillas de una posible ruptura entre Estados Unidos y Europa, pero en esta situación resulta primordial restablecer la salud de la asociación trasatlántica en el nuevo contexto internacional. Para Estados Unidos fortalecer sus vínculos con la “vieja Europa” significa acercarse a un mercado fundamental y a una sensibilidad, la europea, que por tradición e historia está mucho más próxima a ese Oriente en el que los intereses estadounidenses desean aumentar su presencia. No hacerlo significaría asumir que la guerra de Irak fue el inicio de una espiral de muy inciertas consecuencias en el orden internacional. La responsabilidad –ésta es el precio de la grandeza, según decía Churchill— de estrechar su relación con Europa le devolvería gran parte del liderazgo moral perdido, frente a la creciente percepción de un imperialismo yankee que se proyecta especialmente sobre Oriente. Enlazaría, además, con esa tradición de cooperación y multilateralismo que los estadounidenses impulsaron después de la guerra.

Para Europa el nexo atlántico es, obviamente, imprescindible, pues en él se han de sustentar sus relaciones con la potencia económica indiscutible del siglo XXI. El reto para Europa es, por tanto, definir la naturaleza de la alianza trasatlántica, y para ello deberá hacer frente a obstáculos que no sólo provienen del otro lado del Atlántico, como mostró el texto que bajo el título “Europa y América deben permanecer unidas” publicaron antes de la guerra en Irak ocho jefes de Estado europeos, encabezados por Gran Bretaña, España e Italia. Si Europa sucumbe ante estos obstáculos la asociación trasatlántica acabará siendo una alianza ad hoc y puramente utilitaria y, sin duda, no era esto lo que perseguían los federalistas que iniciaron hace medio siglo la construcción europea, ni es lo que persiguen hoy Francia y Alemania, los motores naturales e históricos del proyecto europeo, sin los cuales resultará imposible avanzar en la integración europea, según nos muestra la historia de la construcción continental. Del lado europeo la cuestión suscita múltiples interrogantes, pero no es éste el lugar para abordarlos. Lo que aquí hemos pretendido es aportar en uno de los debates más candentes tras la guerra de Irak una perspectiva histórica reciente que ayude a clarificar y explicar las relaciones actuales Oriente-Occidente. Una idea parece abrirse camino: no será posible reconducir estas relaciones sobre las bases del entendimiento y el consenso si éstos no se imponen previamente en el mundo occidental. A ello pueden contribuir los enfoques multidisciplinares, tan consustanciales con un verdadero espíritu universitario. Las soluciones son complejas, pero los problemas, desde luego, también lo son.

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